sábado, 19 de junio de 2010

Para mi hijo Agustín

Hasta donde llegará tu vuelo,
cual será tu sueño.
Cuanto habrás encontrado,
sin siquiera haberlo buscado.
Cuanto esperado y ansiado,
que no pudo ser hallado.
Vivir soñando, soñar mientras
se vive.
En pos de ese mañana
que ha comenzado a ser ayer,
a la espera de un nuevo día
que te invite nuevamente a volar.
Para que algún día comprendas
que nunca se parte ni nunca se vuelve,
lo importante es soñar...
Tu papá
En su Marvlvus Bar, Split, Croacia, diez años después

martes, 13 de abril de 2010

ENTRE LA MIRADA Y LA PALABRA. La relación médico paciente

Dedicado a la Dra.Médica Gabriela Angelani por su sencillez y sensibilidad profesional.




The Doctor, Luke Fides, Tate Galery, Londres.


Cuando era niño, cinco años, recuerdo un día que no me sentía bien, y mis padres llamaron al médico a fin de que me asistiera en casa.
Como ya era de noche y estaba en cama, no tuve mejor idea que “hacerme el dormido”, cosa de chicos, así de sencillo.
Elías Scheinkman (al menos es el nombre que recuerdo), que era “nuestro” médico, me revisó y le manifestó a mis padres que no había nada que llamara la atención, y que mi estado de salud no era de preocupar.
Su trato de respeto y consideración hacia mí, quedó grabado en mi memoria; la delicadeza al revisarme, el tono de su voz, sereno y pausado, el ofrecimiento de mi madre, de alcohol y una toalla de lino bordada,  para que pudiera auscultar mis pulmones.
Durante la consulta trató de no despertar a un niño al verlo innecesario, algo tan simple como natural.
En esta anécdota, cual esbozo de un dibujo, estuvo siempre presente lo que es la relación médico paciente, calma, serena, respetuosa, y en este caso diría casi paternal.
Aún hoy la recuerdo por la fantasía de haberme hecho el dormido, pero por encima de todo, porque fue una lección de cómo revisar a un paciente, quizás sin darme cuenta, la primera antes de iniciar formalmente la carrera de medicina.
Hice la Unidad Hospitalaria en el antiguo Hospital de Clínicas.
Era jefe en ese entonces de lo que se llamaba Sala IV, el Profesor Osvaldo Fustinoni.
Nunca podré olvidar la calidad de su persona, su presencia, sus clases, el nivel de las mismas, haciendo extensivo mi recuerdo hacia todos aquellos profesores que compartían su docencia.
Allí descubrí y comprendí lo que era la excelencia en medicina, lección que me marcó para el resto de mi vida profesional.
Un día, viajando en el subte de Buenos Aires me lo encontré al Dr. Fustinoni.
En los pocos minutos que viajamos juntos, me presenté, charlamos un poco y le dije que le agradecía la formación que había recibido y que nunca lo había olvidado.
Me sentí emocionado; él no me ubicaba ni sabía mi nombre, yo lo había tenido y lo tengo aún presente. Fue la última vez que tuve oportunidad de saludarlo.
Con sus dificultades y facilidades, la medicina sigue siendo un arte y una ciencia.
Hay sí, cambios importantes y significativos en todos los niveles, pero también hay una historia de su quehacer, una idea por parte del paciente y del médico en lo que se espera sea la consulta médica.
En primer lugar la mirada del médico.
Todos sabemos que con ella se puede juzgar, sentenciar, comprender, “matar”, acariciar, que es el primer contacto con el paciente, la que inicia la consulta, lo que genera ansiedad o angustia, lo que da paz o incertidumbre.
En segundo lugar la palabra; casi no hay acto médico sin su presencia de una y otra parte, en especial las finales, las que acompañan la reflexión, el diagnóstico, el pronóstico del mal que aqueja al paciente.
Se podría decir que el arte de la medicina como tal, consiste en ello, encontrar las palabras claras, sencillas y precisas en un momento puntual y especial en la vida de una persona.
Muchos las llevan en su memoria, aquello que en su momento les dijo el profesional que los atendía, y ello fue el principio de un camino hacia la serenidad o la desolación y angustia.
Cuanto mas delicada la situación, más comprometida la salud, más incierto el futuro del paciente, más peso y trascendencia adquiere la palabra de quien habla.
Siempre digo, parafraseando a San Pablo : “Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe”, que lo que cura es el amor, porque sin él la medicina deja de ser tal, el médico pierde su rol social.
Quisiera agregar a propósito de la relación médico paciente, y como referente pictórico, el cuadro The Doctor (1891) de Sir Luke Fildes.
Este le fue solicitado por Henry Tate a fin de integrarlo en su Galería de Arte Británico, Londres, que tuve la oportunidad de visitarla.
El pintor reproduce a su vez su drama personal al pintar la agonía de una niña, él perdió a una hija en circunstancias similares, víctima de una enfermedad infecciosa.
Cualquiera que haya asistido o pasado por una experiencia similar, puede perfectamente comprender lo que el cuadro representa.
En él se aprecia la habitación de una familia pobre, se ve la ropa colgada dentro de la misma, iluminada por un quinqué con la pantalla inclinada para que ilumine mejor.
En el centro, la enfermita de unos cinco años, en una cama improvisada con sillas, con su mano caída hacia abajo, dormida o en coma.
La madre apoyada su cabeza sobre el antebrazo frente a la mesa, entregada, en una actitud de desconsuelo, exhausta.
El padre tiene su mano suavemente apoyada sobre el hombro de ella, tratándola de contener, confortar, mientras su vista está puesta sobre su hija agonizante.
Por último el médico, al lado de la paciente y observándola, en una imagen sobrecogedora, consternado, en silencio, acompañando a la familia toda, sin tratamiento ni cura posible, pero presente hasta el fin, tan necesario para la familia, como reflexivo para sí mismo respecto al misterio de la vida que se va.
Todo se sintetiza en un juego de miradas, expresión del drama más difícil de superar, como ser la muerte de un hijo y de tan poca edad.
Siendo la medicina una de la más noble de todas las profesiones, de nosotros los médicos, depende que la vivamos como tal y nuestros pacientes así lo vean.

Fernando Jijena Sánchez

domingo, 14 de febrero de 2010

LA IMPORTANCIA DE LAS PEQUEÑAS RESPONSABILIDADES…

Estar atento a lo que nos rodea, a lo que nos toca, corresponde, compete, es sin duda una manera de vivir en paz con nosotros mismos.

Lo diario, en general se caracteriza por una sucesión de hechos y acciones que suelen ser muy simples, reiteradas y constantes.

Lo grande, lo extraordinario, lo imprevisto, es producto del cuidado, del interés o desinterés que ponemos en esas pequeñas acciones.

Quien no recuerda haber visto a un custodio sentado frente a un escritorio, ya sea de un banco, un edificio de departamentos, una oficina, leyendo el diario como si nada pasara, cuando paradójicamente su función es estar alerta por si “sucede algo”.

Más aún, si uno lo “inoportuna” preguntándole algo relativo al funcionamiento del ente al cual custodia, suele sentirse molesto y nos responde con un monosílabo que nada significa.

En otros casos, donde la garita es un elemento de protección para el mismo, en especial bancos, no es raro verlos a través del vidrio, en general blindado, atentos a la radio con la cual logran “matar el tiempo”.

Y así podríamos recorrer una larga lista de funciones de cuidado, o custodia donde vemos como la desidia, el desinterés y en muchos casos la complicidad de aquellos a los cuales debe cuidar, no es la excepción, sino la regla.

Porque resulta que muchos se integran al personal de la institución donde trabajan y pasan a ser “un compañero” más, y por lo tanto son saludados en muchos casos muy afectivamente, como a aquel que “nos cuida”.

Es evidente que el “total no pasa nada” es el lema y por ende la trampa de esa forma de actuar.

Harto conocido es el hecho de que con total impunidad se asaltan negocios, galerías, barrios abiertos o cerrados, pese a contar con “personal de custodia”, que en el mejor de los casos tratando de revalorizar el “modus operandi” de los delincuentes, refieren que nada pudieron hacer, si es que hicieron algo.

De ahí la cantidad de robos, de las cuales no se sabe sin son víctimas de los ladrones o de la inoperancia de sus guardas de seguridad, independientes de las sumas, en general considerables que se abonan a tales servicios.

Pero no termina aquí la cosa, sino que se extiende a gran parte de nuestras actividades de la vida diaria donde no sólo como prevención del delito, sino simplemente como parte del trabajo de todos los días, se cometen este tipo de abandono de la acción responsable.

Léase un llamado telefónico solicitando lo que fuere, y que el empleado en cuestión, “olvidó registrar”, o el service de tal o cual aparato que por desinterés no se cumplimentó con las consecuencias previsibles en muchos de esos casos, ó como una tan simple de avisar al diariero que nos vamos a ausentar por unos días, y al no hacerlo terminan acumulándose los diarios en la puerta de nuestra casa, con el correspondiente aviso, aquí no hay nadie.

Pero hay algo más delicado aún, cual es las pequeñas responsabilidades dentro del propio hogar, que por descuido son causa de accidentes, muchas veces de carácter irreparable.

Entiéndase en especial, casas en las que hay chicos de corta edad, donde enchufes, planchas, cocinas, cables en mal estado, piletas de natación, están a su alcance sin que se hayan tomado las mínimas medidas de seguridad, confiados en “yo lo cuido” y el consecuente, “increíble, me distraje un segundo y mirá lo que pasó”.

Por ello lo mejor es no olvidar que las responsabilidades de nuestra vida diaria, suelen parecer casi inocentes, fáciles de manejar y controlar, hasta que la pérdida de bienes y muchas veces vidas, nos dejan el triste recuerdo de que aquello tan sencillo no era, por eso mismo intrascendente.


Fernando Jijena Sánchez


lunes, 2 de noviembre de 2009


TOLERANCIA CERO, la única salida

Es común escuchar que no hay seguridad, que todo cambió para peor, que esto no da para más.
Y es cierto, desde el crecimiento del delito, el planteo es correcto.
La pregunta es ¿Quién hace al delincuente? O ¿Es un grupo humano como cualquier otro, cuya característica principal es el vivir de la violencia, en la violencia y a costa de los demás? ¿Surge por generación espontánea?
Y esta es válida en la medida en que tengamos en mente, que en esta espiral de delincuencia, cada día mayor, en su origen no sólo están los que roban, matan, secuestran, sino la sociedad toda, con sus modos, valores, conductas, transgresiones, excusas, etc.
No se trata de imputabilidad o no de los menores, sino simplemente de responsabilidades de cada uno según su edad, actividad, rol en la sociedad.
En una palabra, el concepto que tenemos del otro, marca en gran parte nuestra conducta en sociedad.
Y en un país donde en principio se mira al desconocido con reservas, desconfianza, subestima y no pocas veces, desprecio, llámese por color de piel, estudio, aspecto, actividades etc., hace que en ello radique el origen del problema
Si no lo respeto por ser otro, mis consideraciones hacia él carecen de valores, y una vez perdidos estos, al delito hay tan sólo un paso.
Los que económicamente están bien, no necesitan ir a robar, pero su falta de deferencia hacia sus conciudadanos, los puede tentar en caer en la corrupción, que es el desenfreno de los que tienen, a diferencia del robo o el crimen que, salvo en los casos de venganza, son patrimonio de los llamados “desposeídos”.
¿Si tolero el mal menor, donde está el límite del mayor?
Es por ello que el concepto “Tolerancia cero”, puesto en marcha en la ciudad de Nueva York en época del alcalde Giuliani , partió de esa premisa, algo así como no permitir que se rompa el primer vidrio, para que no se siga rompiendo el resto.
Tan sencillo como eficaz, pero también llega a la ciudadanía toda, llámese desde la transgresión, como el uso del celular mientras se maneja, el no permitir el paso al peatón en las esquinas, el estar dispuesto al “arreglo” en beneficio propio y en desmedro del resto. El mensaje es: “Ser fieles custodios de la ley y celosos de su cumplimiento”.
Una sociedad que tiene consideración y respeto por sus ciudadanos, siempre va a tener quien vulnere sus leyes, pero es una ínfima minoría, a diferencia de aquella otra, llámese la nuestra, donde de una manera u otra, nos sentimos exceptuados del cumplimiento de la ley, olvidando que detrás de nosotros, están los demás, padres , hijos, amigos, la sociedad toda.

Fernando Jijena Sánchez


miércoles, 30 de septiembre de 2009

ROMAN  POLANSKI

Señor Director:
No puedo menos que sentirme azorado, ante la detención de un famoso cineasta acusado de drogar, violar y sodomizar a una adolescente de trece años hace treinta y un años; pero no por su detención, sino por el "apoyo", sí, no me equivoco, de otros cineastas muy famosos.
Hasta quieren enviar una carta a Hilary Clinton para que intervenga ante "tamaña injusticia" y lo dejen en libertad, en méritos que acreditó como director de cine y que nadie pone en duda, pero subestimando el gravísimo delito cometido, eso sí hace ya mucho tiempo.
Triste destino el de aquellas mujeres que por no tener renombre, tienen que vivir a la sombra de los que se sienten con poder para hacer lo que se les da la gana.
Loable y ejemplar la actitud de la justicia suiza y norteamericana que pidió su detención.

Fernando Jijena Sánchez

Publicada en el diario La Nación el día 30 de setiembre de 2009

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Carta a Agustín Elías, Príncipe de Albanta

Me gustaría que encuentres un lugar donde te sientas feliz de vivir.
Que formes una familia.
Que te realices vocacionalmente.
Que valores el bien ganado.
Que olvides el bien perdido.
Que logres lo que tanto anhelas.
Que busques menos.
Que lo importante es lograr lo que uno espera,
no el tiempo, ni el esfuerzo que te llevó a ello.
Que al fin y al cabo , cuando te des cuenta que has encontrado lo que tanto deseabas,
comprenderás que la persona que tienes delante tuyo,
sos vos mismo.
Tu papá




lunes, 14 de septiembre de 2009

UNA ILUSIÓN, DOS MUNDOS, LA MISMA MESA...







SER MÉDICO Y BOMBERO...


Había chocado un tren y una mujer queda con el brazo atrapado entre dos vagones. Imposible el rescate por la rigidez del metal que conformaba el tren.
Una sola alternativa, amputar el brazo, ahí en medio de la vía y del dolor.
No recuerdo porque estaba presente, vinieron los médicos y luego de atenderla la llevaron al hospital para que se repusiera de su “intervención quirúrgica”.
Un amigo que era bombero, me comentó que importante sería tener un médico bombero.
Así de sencilla fue mi incorporación a los Bomberos Voluntarios de Almirante Brown. Corría el año 1975.
Me fui integrando de a poco, hasta que descubrí una frase escrita en un monumento a los bomberos: “Nada los obliga, sólo el dolor de los demás”.
Quince años presté servicios, y algunas veces compartí algún desfile vestido de oficial de bomberos.
Anécdotas, muchas e inolvidables, cuidando a mis compañeros y ayudando a las víctimas.
No hace mucho, una mujer me encontró en la calle y me agradeció haber salvado a sus hijos en un incendio.
Pero hay algo que me llama la atención y me emociona, como estar caminando por Adrogué, y que se me acerque un hombre, muchacho y me dé un abrazo. No siempre lo recuerdo pero por el  gesto reconozco, es un bombero…

Fernando Jijena Sánchez